El arte de escapar: del cautiverio histórico a los laberintos digitales
Alejandro Amenábar ha decidido que Julio Peña es el hombre. El chaval que muchos conocieron forrando carpetas tras su paso por la factoría Disney y petándolo a nivel global en Netflix con A través de mi ventana y Berlín, se enfrenta ahora al que probablemente sea el salto mortal de su carrera: meterse en la piel de Miguel de Cervantes. Y no en su faceta de gloria literaria, sino bajando al barro. El cautivo, que tiene previsto aterrizar en las salas el 12 de septiembre y ya apunta maneras para ser el pelotazo indiscutible del cine español en 2025, nos planta de lleno en 1575. Tenemos a un Cervantes prisionero en Argel que, con la parca soplándole en la nuca a diario, descubre que su verdadera vía de escape no es física, sino puramente narrativa.
Nacido en Donosti con el cambio de milenio y criado en los madriles, Peña lleva años currándose un currículum todoterreno que lo mismo tira de tablas en musicales puros como Mamma Mia!, Chicago o Rock of Ages, que se curte en culebrones dramáticos como Acacias 38. Ahora, sin embargo, le toca codearse con pesos pesados de la industria en un drama histórico con tintes épicos. Hablamos de un reparto coral que no se anda con chiquitas: Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Fernando Tejero y un José Manuel Poga que siempre suma. Amenábar, que también firma el guion de esta coproducción hispano-italiana, lo tiene clarísimo. A Miguel le cerraron las puertas de la libertad, sí, pero el encierro le destapó la vocación y le obligó a entender la humanidad de sus propios captores. En medio de planes de fuga casi suicidas en territorio enemigo, nació el contador de historias.
De la celda del Siglo de Oro a la matriz de ciencia ficción
Pero el encierro, el trauma y la necesidad imperiosa de proyectar la mente hacia realidades alternativas para sobrevivir no es una exclusiva del siglo XVI. Si pegamos un salto brutal en el espacio y en los géneros, nos plantamos de bruces en el mercado NAFF del Festival Internacional de Cine Fantástico de Bucheon, en Corea del Sur. Allí, la cinta malaya de ciencia ficción Mimpi Kita: Castle in the Air le está dando una buena patada al tablero de la distribución tradicional.
En lugar de rezar para que la taquilla responda tras el estreno, esta ópera prima dirigida por Arifin Ajib pasa olímpicamente de las dinámicas conservadoras. Foo Hui Yin, su productora ejecutiva desde el Kotodama Lab de Kuala Lumpur, se la está jugando a la analítica pura y dura. Están rastreando y engordando comunidades online afines a los nichos de la película para llegar al mercado con el fandom ya montado y los números en la mano. Quieren buscar coproductores y agentes de ventas demostrando que su público ya está ahí, esperando. El proyecto cuenta además con el respaldo de productoras como Anti Gravity Euphoria y Da Huang Pictures, la trinchera creativa de la aclamada cineasta de la Nueva Ola malaya Tan Chui Mui.
La consciencia como último refugio
Curiosamente, Mimpi Kita comparte con la odisea de Cervantes esa premisa de buscar la libertad cuando el cuerpo físico ya no da más de sí. La película nos dibuja el plan de huida a la desesperada de la humanidad, que abandona una Tierra hecha polvo a bordo de un Arca. El as en la manga de esta sociedad es un avance médico perturbador: los moribundos pueden volcar su consciencia temporalmente en cuerpos sintéticos para no perderse esos eventos vitales de sus familias que, de otro modo, el cáncer o la vejez les arrebatarían.
Ahí entra Arda, una música totalmente bloqueada por el luto que pierde a su abuela Teja en las profundidades de este entramado digital. En lugar de firmar los papeles para desenchufarla del soporte vital, Arda piratea el sistema, se mete en un cuerpo sintético y se sumerge en esa arquitectura onírica para buscarla. Lo que arranca como la típica misión de rescate acaba derivando en una sesión de psicoanálisis brutal. Al adentrarse en las memorias de la anciana, Arda se da de bruces con rechazo tras rechazo, hasta entender que todo ese laberinto virtual está diseñado para escupirle a la cara verdades sobre su propia vida que llevaba tiempo esquivando.
Al final, da igual si hablamos del cautiverio físico de un genio literario en el norte de África o de los abismos sintéticos del cine independiente asiático. La pregunta que flota en el ambiente acaba siendo la misma: qué le debemos exactamente a los que estuvieron antes que nosotros y si es posible que su historia se desvanezca en paz sin que todo el amor que dejaron atrás se vaya también por el sumidero.