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LAS OTRAS
OLIMPIADAS
por ARIEL DORFMAN
El País (España), (Enviado por María Delgado)
¿Quién conoce a Kailash Satyarthi? ¿O a Juliana Dogbadzi? ¿Quién ha oído hablar de Ka Hsaw Wa? ¿O de Marina Pisklakova? ¿O de Senhal Sarihan?
Confieso que, hace menos de un año atrás, yo tampoco podría haber respondido estas preguntas, yo tampoco sabía que Kailash Satyarthi ha dedicado una vida entera en la India a rescatar a millones de niños de la esclavitud laboral; yo tampoco tenía la menor idea de quién era Juliana Dogbadzi, de Ghana, y cómo fue vendida a los 12 años por sus padres a un sacerdote Trokosi al que tuvo que someterse durante 17 años degradantes, y cómo logró escapar y ahora entrega sus jornadas a la inmensa tarea de liberar a miles de mujeres africanas que se encuentran todavía sumidas en ese tipo de servidumbre sexual.
¿Y Ka Hsaw Wa? Es de Birmania y se pasó años en la selva recogiendo los testimonios del sufrimiento de los campesinos más pobres y explotados del planeta. Y Marina Pisklakova organizó una red de apoyo a las mujeres golpeadas de Rusia. Y Senhal Sarihan es una mujer turca que defiende a los presos políticos y a los niños encarcelados, que, cuando visita a esos pequeños, les lleva flores para que no se olviden del mundo que algún día los espera más allá de las murallas del presidio.
Todos estos nombres desconocidos tienen en común ser defensores de nuestra herida humanidad, y si yo puedo ahora transmitir información sobre ellos es debido a que tuve la extraordinaria y buena fortuna de haberme pasado los últimos seis meses en su presencia luminosa, escuchando el susurro de sus voces, tratando de dar a esas voces algún esbozo de permanencia literaria.
Fue, en efecto, en marzo de este año, que me contactó Kerry Kennedy Cuomo, ella misma una abogada de derechos humanos y una digna heredera de su asesinado padre Robert Kennedy, para proponerme que yo escribiera una obra teatral protagonizada por estos y otros olvidados héroes de nuestra época, y cuya experiencia ella había recogido en un libro que estaba por publicar.
En ese texto, "Speak Truth to Power" (un título que podría maltraducirse como "Hay que contar la verdad ante el poder"), estaba también, por cierto, un grupo de activistas más célebres, como los Premios Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú y el ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias, y Elie Wiesel y Desmond Tutu y José Ramos-Horta, quien consagró 24 años en el exilio luchando por la independencia de Timor Oriental; y la hermana Helen Prejean, dedicada a combatir la pena de muerte en Estados Unidos, a la que muchos conocerán porque fue encarnada en la pantalla por Susan Sarandon en un rol que le valió un Oscar.
Pero la mayoría de las voces coleccionadas por Kerry durante varios años de afiebrados viajes por el mundo, ha sido ignorada por los medios de comunicación internacionales: el gran disidente chino, Wei Jingsheng, la cara más destacada de la lucha por la democracia en su país; y Muhammad Yunus, de Bangladesh, fundador del Banco Grameen que ha revolucionado la vida de centenares de miles de mujeres pobres al otorgarles pequeños créditos financieros; y los juristas Digna Ochoa de México y Juan Méndez de Argentina que fueron torturados por sus respectivos gobiernos, pero que no dejaron de representar por eso a los desaparecidos, y suma y sigue y sigue, Rania Husseini que investiga y denuncia los asesinatos de mujeres por razones de honor en Jordania; y el sacerdote negro Van Jones que se ha vuelto el más feroz crítico de la brutalidad policial norteamericana, y suma y suma y sigue, de Chile y del Congo y de Nigeria y de Irlanda del Norte y de Vietnam, María Teresa Tula y Abubacar Sultan y Vera Stremkovskaya.
Por mi parte no pude resistir la tentación de asistir a esas voces en su intento por llegar al enorme mundo que tanto las desconoce. Me animaba también una curiosidad muy personal: durante mi vida de adulto me ha rondado la pregunta incesante acerca del origen de ese misterio que se llama coraje, ¿por qué algunos seres humanos, ante la miseria y la injusticia y el dolor, arriesgan su existencia, mientras que otros cierran los ojos y callan?, y pensé que estos hombres y mujeres tan valientes podrían tal vez ayudarme a esclarecer ese enigma, de dónde demonios, de qué ángeles sacan fuerza aquéllos que se rebelan contra el silencio.
Y fue así que me
encontré acompañando a esos cuerpos en su lento caminar por el
corredor de la muerte y en su aún más lenta búsqueda de
la esperanza; fue así que me inspiraron para que armara poco a poco una
vasta tapicería con sus palabras
desdeñadas, una cantata hablada en que se entretejen el testimonio y
la poesía y la épica. Y descubrí que no es la muerte física
lo que más temen esos guardianes de la dignidad humana contemporánea,
sino que la indiferencia, esa muerte más fría y perversa y peligrosa
que se instala en nuestra alma cuando vemos algo insensato y terrible y cruel
y preferimos olvidar los desmanes que hemos presenciado en vez de levantar la
voz en protesta.
Y fueron justamente esa indiferencia y esa apatía las que tratamos de derrotar la noche del estreno de la obra la semana pasada en el Kennedy Center de Washington DC, cuando el presidente Clinton introdujo la pieza teatral y nueve actores --entre los cuales se encontraban Kevin Kline, Sigourney Weaver, John Malkovich, Alec Baldwin, Rita Moreno y Héctor Elizondo-- encarnaron esas voces en una presentación que dentro de unos días va a transmitirse por la televisión norteamericana y en unos meses más llegará a miles de colegios del mundo.
Pero no fueron las palabras de la obra misma lo más notable de aquella noche. Cuando el último actor terminó de hablar, cuando cada uno de ellos se despidió del público reunido en esa extensa sala en la capital de Estados Unidos, recordando que el trabajo recién comienza, que no hay tiempo para tener miedo, que actuar de otra manera hubiera sido vivir para siempre con un sabor a cenizas y, cuando las luces se fueron apagando, fue entonces que ocurrió lo verdaderamente inolvidable.
De pronto se abrió un telón detrás de las estrellas de Hollywood y ahí se encontraban, increíblemente, en carne y hueso, los defensores mismos, las mismas personas cuyas experiencias se acababan de escenificar.
Faltaban algunos --el Dalai Lama no vino ni tampoco José Zalaquett, y a última hora el Juez Baltasar Garzón avisó que no podía asistir--, pero en su mayoría habían viajado, desde Pakistán, Kenya, Colombia y Perú, una galaxia de defensores y causas y países y contiendas como hacía tiempo no se veían juntos en un solo sitio. No solamente lado a lado en un libro, sino que vivos y reales en el proscenio. Y luego esos seres desconocidos avanzaron hacia aquellos actores tan supremamente conocidos y reconocibles en cada hogar del planeta y saludaron al público y en un momento digno de Martin Luther King, pero también de Pirandello se abrazaron quienes habían vivido en forma personal la lucha con quienes habían estado representando hace apenas unos instantes esa lucha.
Ante nuestros ojos atónitos se entremezclaron Sigourney Weaver con Diana Ortiz, la monja norteamericana torturada en Guatemala; Kevin Kline con el abogado egipcio Hafez Al Sayed Seada; Julia Louis-Dreyfuss (famosa por su papel de Elaine en la serie Seinfeld) con Fauziya Kassindja, la mujer que logró asilo político en Estados Unidos, aduciendo su temor de sufrir una mutilación genital en su Togo nativo, abriendo la posibilidad de que muchas otras mujeres puedan salvarse de esa práctica brutal. Ahí estaban los ejecutantes y ahí estaban sus personajes bailando juntos como espejos múltiples de una misma causa plural, cuerpo y palabra, palabras y cuerpos, durante cinco minutos, 10 minutos, 15 minutos, mientras los espectadores aplaudían de pie, sin querer dejar el auditorio.
Y tuve yo, mirando a algunos
de los seres más visibles del planeta tomados de la mano de algunos de
los hombres y mujeres más invisibles y también más importantes
de nuestro tiempo, una intuición alucinante de la precariedad de este
momento maravilloso que se desarrollaba bajo el amparo de las luces efímeras
de la publicidad. Esta reunión excepcional del Kennedy Center bien podía
entenderse como las Olimpiadas Éticas de la Humanidad. Y, sin embargo,
en el preciso momento en que al otro lado del mundo se celebraban los Juegos
Olímpicos de Sydney, valía la
pena preguntarse cuánta atención recibirían en los días
por venir estos otros campeones de la especie cuando volvieran a su existencia
eternamente
amenazada en sus países inseguros; cuántas páginas de periódico
y horas de televisión se van a emplear para que se difunda la vida de
Patria Jiménez y Marina Pisklakova y Raji Sourani y Koigi Wa Wamwere,
¿a quién le interesa de veras esta otra confluencia de lo mejor
y más excelso del esfuerzo de nuestra especie?
Cómo es posible que nos importe tanto el drama de quién es el hombre más rápido del planeta; quién nada con más celeridad en el agua estilo mariposa; quién es la mujer que rompe el récord de la distancia maratónica; cuál es el equipo más diestro para manipular un balón, y no recordemos, en cambio, quién es el más valiente en la lucha contra la iniquidad; la más tenaz en denunciar la polución; el más sereno en insistir de que no podemos dormir tranquilos mientras billones de nuestros congéneres tienen hambre.
No tengo nada en contra
de los colosales levantadores de pesas o las maravillosas gimnastas ni menos
contra quiénes hacen goles a granel con las
manos o con los pies.
Pero la pregunta sigue ahí, desafiante, terrible, quemándonos. ¿Quién es Kailash Satyarthi? ¿Quién es Gabor Gombos? ¿Quién es Asma Jahangir? Y, ¿por qué no sabemos todos los seres vivos y pensantes de este planeta la respuesta?